viernes, 17 de abril de 2015

Más sobre la educación



Hacia el siglo XVIII o XIX, apareció un concepto que fue llevado a su expresión más aberrante en el siglo XX: la existencia de una raza superior. Las conquistas de los europeos del norte en países con viejas civilizaciones (China, la India) habían llevado a estos pueblos a pensar que se debía a que eran superiores por nacimiento, por raza.
Pero eso no explicaba bien lo que había ocurrido en tiempos pretéritos: habían existido otros imperios, y eso significaba que había habido otras “razas superiores”. Chinos, hititas, egipcios, caldeos, persas, griegos, romanos, árabes, turcos, incas, aztecas, españoles o portugueses, por citar solo algunos dominaron en algún momento el mundo o una parte importante. ¿Eran de una raza especial?. Los partidarios de la raza superior dijeron que ahora, perdidos sus imperios, eran “razas degeneradas”, lo que suponía admitir, hasta cierto punto, que fueron razas superiores en su momento.
El error era pensar que las diferencias se debían a la raza. Muchos parecen creer que los ejércitos conquistadores solo necesitan ser de cierta raza y tener un general excepcional. Una vez conquistado el territorio, muchos parecen creer que se conserva el imperio porque lo gobierna una administración excepcional, formada por individuos de cierta raza, pero no es cierto. Es probable que sea necesario un general excepcional, o más bien, que fuera necesario en otros tiempos. Ciro, Alejandro, César o Cortés, fueron generales excepcionales, pero lo más importante es que, tras ellos había un pueblo, no necesariamente una raza porque algunos eran mezclados, cuyas cualidades permitieron conservar el imperio. Y esa cualidad era la educación. No hay razas superiores, sino pueblos mejor o peor educados.
Como ejemplo, uno que no sé si es cierto, pero viene a cuento; se cuenta la frase de un político francés, tras la derrota de la guerra franco-prusiana de 1870: “No nos ha vencido el ejército prusiano, nos ha vencido su escuela”. Y como consecuencia reformó la enseñanza profundamente. Tampoco hay que olvidar que el imperio castellano coincidió con el auge de la Escuela de Salamanca, revolucionaria en muchos aspectos de la ciencia práctica de la época. 
 En resumen, los pueblos que formaron imperios y ahora, algunos de ellos, eran dominados, no eran razas degeneradas, eran pueblos que habían perdido su capacidad de educar, que no sabían educar.
La clave del poder de un pueblo no está en la raza de sus componentes, está en la calidad de la enseñanza que reciben sus individuos. No es que crea demasiado en las clasificaciones de excelencia de las universidades, pero véanse los puestos que ocupan en ellas las de las naciones más poderosas, como prueba de lo que digo.

viernes, 10 de abril de 2015

Programas electorales



He leído en el periódico una buena noticia: un partido político pone la prioridad de su programa económico en la investigación y en la facilidad para creación de empresas.
La riqueza de las naciones se basa en eso: la creación de nuevos productos (I+D), evitando pagos de patentes, aunque lo más importante, económicamente hablando, es la creación de empresas que los desarrollen y exploten. Y no hay que olvidar que este país dispone de una buena calidad de vida y de un clima que envidian los europeos, lo que puede servir para, no solo atraer investigadores foráneos, sino atraer empresas completas, si hay un programa de ayudas suficientemente atractivo.
Todavía recuerdo en plena crisis de recortes un titular de periódico en el que se decía que los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) necesitaban 75 millones para poder seguir mínimamente su actividad y en las páginas de deportes se decía que se habían pagado 80 millones por el traspaso de un jugador. Nadie protestó. Este anuncio presagia que algún partido se empieza a preocupar por el futuro de verdad.
Pero yo añadiría un consejo: si quieren ganar votos en las próximas regionales y municipales, no digan eso de la reducción drástica de la inversión en el AVE (en lo cual tienen razón). Limítense a decir que habrá un retraso de esas inversiones hasta tiempos mejores: muchas regiones quieren esa vía (y también tienen razón).

viernes, 3 de abril de 2015

Cambio de horario



El fin de semana pasado se cambió la hora, se dice que para ahorrar energía. Y efectivamente, en este cambio de hora se ahorra, porque se aprovecha mejor la luz de los días más largos. Pero no se ahorra en el cambio de hora de otoño. Lo único que se consigue es que los pueblos nórdicos no estén despiertos, trabajando, con varias horas de noche por delante; y los del sur con alguna hora menos, pero también.
La pregunta es: ¿vale la pena cambiar la hora dos veces al año?. Personalmente, nunca necesité un despertador hasta que empezó a cambiar la hora. Pero también pienso en los nenes pequeños, con sus ritmos de pecho o biberón, que deben cambiar conforme cambian los de sus padres. Y seguramente tantos ritmos más.
Por otro lado, una tal Comisión para la Racionalización de Horarios, estaba en contra de adelantar los relojes el sábado pasado, para poder adaptarnos a la hora que nos corresponde por situación geográfica que es el del huso horario de Greenwich, y no el de Berlín, para «estar en armonía con la luz solar». Naturalmente, en otoño si se cambiaría la hora. Lo que parece olvidar esta comisión es que los españoles ya nos hemos adaptado a esa armonía, retrasando nuestros horarios, tanto de comidas como de otras actividades, horarios que los de otros países consideran como muy tardíos. La comisión propone que tengamos el mismo horario que Portugal, pero hagan un experimento: vayan a Portugal sin cambiar la hora de su reloj y comprobarán que si comen y cenan a la hora de España lo harán a la vez que los portugueses, que teóricamente comen “una hora antes” (no se despisten con el reloj, porque pueden llegar tarde a los museos…).
Lo que hay que plantearse es si vale la pena ponernos a la hora de Portugal y cambiar todos nuestros horarios o dejar las cosas como están. Yo soy partidario de esto último.
         Y por lo dicho más arriba, tampoco soy partidario de los cambios de horario periódicos que se hacen cada seis meses.