Hacia
el siglo XVIII o XIX, apareció un concepto que fue llevado a su expresión más
aberrante en el siglo XX: la existencia de una
raza superior. Las conquistas de los europeos del norte en países con
viejas civilizaciones (China, la India) habían llevado a estos pueblos a pensar
que se debía a que eran superiores por nacimiento, por raza.
Pero eso no explicaba bien lo que había
ocurrido en tiempos pretéritos: habían existido otros imperios, y eso
significaba que había habido otras “razas superiores”. Chinos, hititas,
egipcios, caldeos, persas, griegos, romanos, árabes, turcos, incas, aztecas,
españoles o portugueses, por citar solo algunos dominaron en algún momento el
mundo o una parte importante. ¿Eran de una raza especial?. Los partidarios de
la raza superior dijeron que ahora, perdidos sus imperios, eran “razas degeneradas”, lo que suponía
admitir, hasta cierto punto, que fueron razas superiores en su momento.
El error era pensar que las diferencias se
debían a la raza. Muchos parecen creer que los ejércitos conquistadores solo
necesitan ser de cierta raza y tener un general excepcional. Una vez
conquistado el territorio, muchos parecen creer que se conserva el imperio
porque lo gobierna una administración excepcional, formada por individuos de
cierta raza, pero no es cierto. Es probable que sea necesario un general
excepcional, o más bien, que fuera necesario en otros tiempos. Ciro, Alejandro,
César o Cortés, fueron generales excepcionales, pero lo más importante es que,
tras ellos había un pueblo, no necesariamente una raza porque algunos eran
mezclados, cuyas cualidades permitieron conservar el imperio. Y esa cualidad
era la educación. No hay razas superiores, sino pueblos mejor o peor educados.
Como ejemplo, uno que no sé si es cierto,
pero viene a cuento; se cuenta la frase de un político francés, tras la
derrota de la guerra franco-prusiana de 1870: “No nos ha vencido el ejército
prusiano, nos ha vencido su escuela”. Y como consecuencia reformó la enseñanza
profundamente. Tampoco hay que olvidar que el imperio castellano coincidió con
el auge de la Escuela de Salamanca, revolucionaria en muchos aspectos de la
ciencia práctica de la época.
En resumen, los pueblos que formaron imperios y ahora,
algunos de ellos, eran dominados, no eran razas degeneradas, eran pueblos que
habían perdido su capacidad de educar, que no sabían educar.
La clave del poder de un pueblo no
está en la raza de sus componentes, está en la calidad de la enseñanza que
reciben sus individuos. No es que crea demasiado en las clasificaciones de
excelencia de las universidades, pero véanse los puestos que ocupan en ellas las
de las naciones más poderosas, como prueba de lo que digo.