domingo, 12 de marzo de 2017

Aborto, pena de muerte



Me ha preguntado hoy si estaba a favor del aborto y me he dado cuenta de que la pregunta esta siempre mal hecha, puesto que tiene dos respuestas. Mi respuesta primera es: estoy completamente en contra; me parece un horror, tanto para el feto como para la propia mujer, y la segunda: estoy a favor de una ley reguladora. Todavía recuerdo la época en que las mujeres “pobres” (una mayoría) se jugaban la vida cuando no podían tener un niño (no entro en las razones) mientas que las “pudientes” se iban a Londres, donde se podía abortar libremente. Cierto que la ley no es capaz de limitar el derecho a las que verdaderamente lo necesitan y muchas otras lo hacen porque les da la gana (porque se han dejado embarazar haciendo el idiota), pero eso no quita para que exista la ley. Y me hace también pensar que es una ley ha llegado cuando era menos necesaria, ya que la sociedad es mucho más permisiva con las maternidades en soltería. 

Y eso también me hace pensar en otra cuestión que también se discute a menudo: la pena de muerte. Debo reconocer que siempre he creído que algunos criminales merecen esa pena. Pero estoy en contra de su aplicación porque la pena la imponen unos jueces (o jurados, tanto da, que me da lo mismo) que son humanos y, por lo tanto, falibles. Y ante la disyuntiva de condenar a un solo inocente, creo que no se puede condenar a nadie, por muy culpable que sea y lo merezca.

sábado, 4 de marzo de 2017

Libros



Curioseando hace unos días la biblioteca de un amigo, me di cuenta de lo incómodo que resulta leer las inscripciones en  los cantos. Tradicionalmente, en este país, los cantos se leían inclinando la cabeza hacia la izquierda, y en los países anglosajones se hacía del revés, leyendo con la cabeza inclinada hacia la derecha, pero ahora muchos editores ponen los libros españoles con el sistema anglosajón, por lo que hay que girar la cabeza cada dos o tres volúmenes.

Y eso me recuerda varios sistemas curiosos que he conocido de ordenar los libros. Un cuñado mío ponía los libros separados en tomos al contrario de lo que los demás hacemos: poniendo a la izquierda el último tomo y luego los demás, en orden inverso; su idea es que así la última página de cada tomo quedaba frontera a la primera del tomo siguiente, algo así como si estuvieran encuadernados en un solo volumen. 

En cierta ocasión me contaron que en la biblioteca de la Casa de Alba, los libros se ordenaban por tamaño, medio muy práctico de macizar el espacio para que quepan más volúmenes. Buscar uno determinado se hace con un adecuado catálogo (actualmente informatizado).

Con estas disposiciones poco corrientes, se me ocurre como arreglar el asunto con el que he iniciado estas reflexiones: sencillamente poniendo boca abajo los volúmenes que tengan la inscripción del lomo en el sistema anglosajón, pero pediría a los editores nacionales que vuelvan al sistema tradicional: las bibliotecas pueden (deben) tener libros de muchas épocas y esta es solo una cuestión práctica. No se es más o menos moderno por cambiar de postura el título. Solucionar la mezcla de libros en distintos idiomas es otro problema…