Hace tiempo oí una leyenda china sobre la historia de la
cocina que me gustaría contar.
Dice esa leyenda que, en los antiguos tiempos en que se
comía todo crudo, en cierta ocasión, en una aldea, se incendió una choza de
paja y ramas, en la que había una cerda recién parida que escapó de las
llamas, pero algunos de los lechoncillos se quedaron dentro. Cuando el fuego se
redujo, los aldeanos se acercaron y notaron un olorcillo muy agradable. Uno de
ellos toco uno de los lechoncillos con el dedo y, al quemarse, se lo chupó y
vio que tenía muy buen sabor, así que al rato todos los aldeanos estaban
comiendo muy contentos. Acertó a pasar por ahí un mandarín con su séquito y
preguntó lo que pasaba; los aldeanos se lo explicaron y el mandarían probó el
manjar. Cuando volvió a la capital, lo comentó con sus colegas y, desde entonces,
los mandarines iban a las aldeas, compraban cochinillos y chozas y las quemaban
para comer lechón asado.
Preocupado el emperador por el problema de que las aldeas de
los alrededores estuvieran frecuentemente en llamas e, incluso a veces, se
extendiera el fuego a los alrededores, reunió a los sabios para que buscasen un
medio de asar la carne sin daños, y los sabios inventaron la cocina y el horno.
Si existe o no esta leyenda no lo sé, pero vale la pena
difundirla. Creo.
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